La receta de Black Lives Matter

La infiltración marxista en Estados Unidos sigue los pasos del régimen castrista

Black Lives Matter comunismo

El nivel de penetración de Black Lives Matter va mucho más allá de los ambientes que los marxistas penetran tradicionalmente. (Wikimedia)

Por César Reynel Aguilera

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Por extraño que pueda parecer, yo crecí escuchando, hace décadas, las historias de eso que ahora mismo está ocurriendo en los Estados Unidos de Norteamérica.

Soy hijo de dos viejos comunistas cubanos.

En 1959, cuando Fidel Castro llegó al poder, mi padre era el Secretario General de la Juventud Socialista (comunista) en la Universidad de La Habana. Mi madre, por su lado, fue una de las pocas personas que en 1959 pudo mostrar una doble militancia: como miembro de las células de Acción y Sabotaje de Fidel Castro (puro terrorismo), y como militante de la Juventud Socialista.

Es por eso que nada de lo que está sucediendo hoy en los EE. UU. es nuevo para mí. Crecí escuchando esas historias en las que mis padres, sobre todo el viejo, hablaban de cómo trabajar a “las masas” para “la causa”, que no era más que seguir una receta, creada por los comunistas, para promover el desorden social y la violencia.

Una receta, por cierto, que estuvo entre las tantas cosas que los comunistas cubanos usaron para llevar a Fidel Castro al poder.

El primer ingrediente es lograr cierto nivel de penetración dentro de la institución o grupo social que haya sido elegido como blanco u objetivo. En la Universidad de La Habana de los años 50 eso era fácil, porque los comunistas tenían militantes públicos y secretos en todas partes.

Una vez que la penetración alcanza un nivel adecuado, todo se reduce a acechar al objetivo para atacarlo, en el momento adecuado, con un protocolo que puede ser descrito como la “Receta de las siete D”.

  1. Detectar o encontrar una situación que pueda ser convertida en un problema social que permita acusar al objetivo. Para ayudar a esa detección siempre es bueno tener a mano una colección de situaciones preconcebidas, como pueden ser incrementos en los precios, racismo, imperialismo, o una larga lista de etcéteras.
  2. Desproporcionar o exagerar la situación tanto como se pueda, y hacerlo hasta que se convierta en algo inaceptable para cualquier persona bienintencionada. Si es posible, la situación debe ser conectada o relacionada con otras situaciones previas. Eso permite reclamar la existencia de conspiraciones malignas. De esa forma, la situación se convierte en “el problema”.
  3. Disfrazar o utilizar el problema ya exagerado para introducir medias mentiras, medias verdades o simples invenciones que permiten incrementar aún más la percepción de injusticia, y el estrés emocional que eso genera. Ese ingrediente permite agrupar a las masas y cambiar, a su vez, la percepción que estas tienen del problema hacia una visión aún más general. De esa forma, el problema se convierte en “la causa”.
  4. Denunciar o utilizar las exageraciones y disfraces que ya han sido creados, para iniciar una campaña culpando al objetivo por un problema que ha sido exagerado hasta ser convertido en “causa”. Así se puede introducir la idea de que la solución de todas esas exageraciones requiere de la eliminación del objetivo. De esa forma, la causa se convierte en “la solución”.
  5. Dividir o separar a las masas en dos grupos claramente definidos, uno representado por las buenas personas que intentan solucionar un problema insufrible; y otro que representa a las malas personas, o a esos que son considerados culpables, casi siempre por su apatía, del problema que se pretende solucionar. De esa forma, la solución se convierte en “la confrontación”.
  6. Desconectar o destruir cualquier puente que pueda ser usado para encontrar una solución racional o negociada al problema. Las demandas deben ser inalcanzables, y se deben crear consignas que así lo reflejen. Las personas deben ser insultadas, y cualquier intento de encontrar un punto medio, para la solución del problema, debe ser representado como un insulto. De esa forma, la confrontación se convierte en “la revolución”.
  7. Destruir o, una vez que los seis ingredientes anteriores han llevado el nivel de indignación hasta cierto umbral, gritar devastación y liberar los perros de la guerra. Las masas son invitadas a ejercer la violencia y los organizadores intentan estimular, tanto como les sea posible, la producción de víctimas y mártires. De esa forma, la revolución se convierte en la fuente de una nueva situación.

Cuando las protestas de Black Lives Matter empezaron yo me percaté, desde el mismo inicio, que sus organizadores marxistas estaban siguiendo, con escasas diferencias, esa misma receta de retroalimentación que crecí escuchando en Cuba.

La diferencia fundamental radica en que el nivel de penetración del movimiento Black Lives Matter va mucho más allá de los ambientes que los marxistas penetran tradicionalmente.

La triste diferencia es que el denominado Partido Demócrata, o al menos su élite, ha sido profundamente penetrado por la ideología marxista que controla al movimiento Black Lives Matter.

Ya sea por convicción, o por un odio irracional a la administración Trump, muchos políticos del denominado Partido Demócrata han caído en la trampa de las “Siete D”.

Y digo que es triste porque, si algo nos enseña la Historia, es que esos políticos son la primera presa que desaparece bajo las fauces de cualquier revolución marxista en el poder.

 

César Reynel Aguilera es un escritor cubano que vive en Montreal. Entre sus libros más recientes se encuentra El soviet caribeño, una historia de las relaciones entre el régimen castrista y la inteligencia soviética. El blog de César es: https://reynelaguilera.wordpress.com.