La operación Resolución Absoluta marca un punto de quiebre clave para el Hemisferio Occidental. La captura y extradición de Nicolás Maduro, junto con su esposa, para enfrentar cargos penales de narcotráfico es un triunfo estadounidense sobre el fallido socialista usurpador de poder. El régimen chavista, por más de una década, ha infestado la región de polarización política, inestabilidad, narcotráfico, corrupción, una presencia iraní maligna y crisis humanitaria.
La audaz operación demostró un nivel de competencia y destreza militar propio de EE. UU. Esta operación transmite una advertencia clara para los regímenes socialistas autoritarios: las maquinaciones del Foro de São Paulo no serán toleradas en el Hemisferio Occidental. El repliegue del socialismo expansionista en la región beneficiará a millones en el Hemisferio, desde el Círculo Polar Ártico, a través del Golfo de América, hasta Tierra del Fuego.
El reinado de Maduro fue nada menos que catastrófico. Venezuela cayó en una inflación de las más altas del mundo, hambre generalizada y un éxodo masivo de casi 8 millones de refugiados desde 2014. Según datos del Banco Mundial, Venezuela fue alguna vez una de las naciones más ricas de América Latina. En 1960, tenía un PIB real per cápita superior al promedio regional (en un 22%), al promedio mundial (en un 11%) e incluso al de casos de éxito económico de manual como Chile y Singapur.

Para 2024, el PIB real per cápita de Venezuela era menor que los promedios regional y mundial en más de 80%. Desde 2013, cuando Maduro llegó al poder, el PIB de Venezuela y su PIB per cápita han caído un 68% en términos constantes. La caída per cápita es excepcionalmente desastrosa, dado el enorme éxodo de población venezolana.
El régimen de Maduro amañó las elecciones de 2024 y sus fuerzas armadas facilitaron un centro de operaciones narcoterroristas mediante el Cártel de los Soles. Ha traficado principalmente cocaína enviada a Europa y a Estados Unidos. Sus alianzas con potencias autoritarias como Rusia, China e Irán profundizaron aún más una red de amenazas globales para la seguridad de Estados Unidos y de la región.
Ahora que Maduro ya no está, Venezuela puede con suerte empezar una transición gradual para dejar atrás el régimen socialista. Esto implica una continuidad prudente para (1) aportar cierta estabilización y evitar el caos sociopolítico, (2) impulsar la recuperación mediante la reconstrucción de infraestructura y (3) transitar hacia elecciones libres y justas que culminen en una transferencia democrática del poder.
Las primeras señales son moderadamente alentadoras, especialmente con la liberación de presos políticos. Esto no es una ocupación; es un puente temporal hacia el autogobierno, que potencialmente podría involucrar a figuras de la oposición como María Corina Machado.
Para los venezolanos, significa acceder a las mayores reservas de petróleo del mundo y redirigirlas de financiar la represión a impulsar la prosperidad. Con un estimado de 303 mil millones de barriles disponibles, la oferta global de petróleo podría aumentar entre 1 y 1,5 millones de barriles diarios. Eso, a su vez, podría reducir los precios por debajo de US$50 por barril y aliviar los costos de energía para familias en todo el Hemisferio Occidental.
Las implicaciones positivas van mucho más allá de las fronteras de Venezuela, revitalizando a América Latina. La salida de Maduro debilita al eje izquierdista que ha frenado el progreso en países como Cuba, Nicaragua y Bolivia. Cuba, dependiente durante mucho tiempo del petróleo venezolano subsidiado, enfrenta un estrechamiento energético que podría acelerar sus propias reformas democráticas, poniendo fin a décadas de aislamiento y abriendo la puerta a la inversión estadounidense.
En México y Colombia, la reducción de las redes de narcotráfico disminuirá la violencia de los cárteles, salvando vidas y fortaleciendo el comercio transfronterizo. Argentina y Chile, ya alineados contra el socialismo, podrían beneficiarse de la estabilidad regional, fomentando la confianza de los inversionistas y la integración económica.
El Hemisferio Occidental ha sufrido durante mucho tiempo a causa de la inestabilidad exportada por Maduro: flujos de migrantes generando tensión en la frontera de EE. UU., redes de crimen organizado infiltrándose en Centroamérica y divisiones ideológicas fracturando organismos como la Organización de los Estados Americanos (OEA). Al cortar esos vínculos, la estrategia del presidente Donald Trump promueve un frente unificado contra la injerencia externa en los asuntos del Hemisferio.
Rusia pierde a un aliado clave para evadir sanciones, mientras que los préstamos de la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China —por un valor de US$100.000 millones en Venezuela— enfrentan disrupciones, recortando la influencia de Pekín en las Américas. Este realineamiento fortalece las normas democráticas, evidente en las posturas de apoyo de Argentina y Chile.
Al norte del ecuador, Canadá podría verse significativamente afectada. Como gran exportador de petróleo, Canadá podría enfrentar competencia de corto plazo por el crudo pesado venezolano, lo que potencialmente afectaría el valor de sus exportaciones. Sin embargo, precios globales más bajos reducirán los costos de energía para consumidores e industrias canadienses, estimulando el crecimiento en los años venideros. Esto hará de Estados Unidos un socio económico más importante, pese al acercamiento mal concebido de Canadá hacia Pekín.
Para Estados Unidos, las ganancias son directas: mayor seguridad energética, menos migrantes en la frontera sur y una victoria en la guerra contra las drogas.
El creciente respaldo público refuerza este optimismo, especialmente entre la base republicana, ampliamente considerada como opuesta a las operaciones de cambio de régimen en general. Los riesgos de inestabilidad o imperialismo a los que alegan los críticos se mitigan con el enfoque por fases y precedentes legales como la intervención estadounidense en Panamá en 1989. La Operación Resolución Absoluta también pone en perspectiva las iniciativas de Estados Unidos para comprar Groenlandia, una aspiración estadounidense de larga data. Los groenlandeses nativos son étnicamente Inuit, igual que en Alaska, pero Groenlandia está aún más al norte. El control estadounidense de ese territorio garantizaría la seguridad del Ártico a una escala mucho mayor de la que Dinamarca o incluso toda Europa estarían dispuestas a ofrecer.
La salida de Maduro es un faro para el Hemisferio Occidental. Promete menos criminalidad, recuperación económica y un retorno a valores compartidos y mayor prosperidad en la región. Los gobiernos del área harían bien en alinearse, para no quedar excluidos de la promesa del futuro. Como podría decir el propio Trump, se trata de “hacer grande a las Américas otra vez”.

