Tomar el control

Séptimo fragmento de “Hermanos de vez en cuando”

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Tres importantes comandantes del ejército rebelde de Cuba, enero de 1959; de izquierda a derecha, Camilo Cienfuegos, Fidel Castro y Huber Matos. En menos de un año, Camilo habría desaparecido en circunstancias misteriosas; y Huber Matos estaría tras las rejas, donde permaneció durante los siguientes 20 años

Sale un Gobierno y entra otro. 

Otoño de 1958. La rebelión avanzaba más rápido de lo que podía creerse. A medida que el ejército rebelde ganaba, la economía de Cuba, por primera vez desde que Batista tomó el poder, reflejaba desorden. Un hecho casi  inadvertido había sido el  robusto  avance  de  la  economía  cubana  bajo el odiado régimen. Sin embargo, a medida que se acercaba el colapso, la incertidumbre se disparaba y las inversiones rodaban por el suelo.

La represión y el terror aumentaron, especialmente en las ciudades. Por cada rebelde caído que Fidel lloraba en la Sierra Maestra, una docena o más de jóvenes morían en las estaciones de Policía de La Habana. El padre de Félix ya no podía más. El viejo, cuyo rostro se había contraído de dolor al enviar a su hijo favorito a Estados Unidos, se derrumbó.

—Si vas a vivir aquí, vive aquí —le dijo a su hijo menor—. Pero si estás usando esta casa como un escondite comunista, no puedo permitirlo. Es demasiado peligroso, no someteré a tu madre a eso y tengo que pedirte que te mudes a otro lugar.

Adolfo se mudó a casa de un amigo comunista y se alojó allí hasta que el viejo no soportó más.

—Mira, cualesquiera que sean las consecuencias, tu madre y yo preferimos tenerte en casa —le dijo.

En vísperas de Año Nuevo, una noticia desalentadora llegó a Batista: Santa Clara, centro de las redes ferroviarias del transporte y de las comunicaciones de la isla, se enfrentó a un asalto rebelde y el Ejército se desbandaba. Las divisiones se dispersaron y los comandantes no atendían el teléfono. A las diez de la noche, Batista convocó a una reunión con sus partidarios más leales en el Cuartel Militar de Columbia, en La Habana, para despedir el año 1958.

Para la mayoría de los capitalinos, la despedida del año fue la acostumbrada, pero Félix se quedó en casa y se fue temprano a la cama.

—Despierta, hijo. —El viejo entró en su habitación después de la medianoche—. Se fue Batista.

—¿Se fue? ¿Qué quieres decir con eso?

—Que se fue de Cuba.

—No lo creo —dijo Félix.

—Es verdad. Se llevó a sus amigos en un avión y un montón de dinero en efectivo en otro avión.

—¡El muy hijo de puta! ¿A dónde se fue?

—Al parecer a Santo Domingo. En su lugar dejó una junta militar bajo el mando de Cantillo.

El general Eulogio Cantillo había dirigido el verano anterior la fallida campaña contra el ejército rebelde.

—¡Bueno! Esa junta va a durar unos cinco minutos.

—Le doy diez —dijo el viejo encogiéndose de hombros y fue a la cocina a preparar café.

Félix se apresuró en llamar a su contacto del partido, Otto Vilches.

—¡Otón! ¿Escuchaste?

—¡Por supuesto! Todavía estamos informando a los líderes del Partido. Pon tu trasero en marcha.

hermanos luluFélix colgó el teléfono, afiebrado de emoción. Su padre le trajo café.      El viejo tomó la noticia como de costumbre: un líder que salía, otro que entraba, un giro más en la manivela de la historia. Félix saboreaba la historia por primera vez, un gustillo tan fuerte y dulzón como la cerveza que fluía sobre su lengua por las mañanas.

El muchacho saltó a su escarabajo verde Volkswagen y se dirigió al centro de la acción. Al principio, la mayoría de calles estaban desiertas. Poco tiempo después aparecieron camiones desde los que se oía el grito: “¡Viva Cuba libre!”.

¡Qué rápido había caído la capital! Sin una pelea, sin una sola palabra, el viejo orden había empacado y desaparecido. ¿Quién hubiera adivinado lo fácil que sería? Pronto el vacío de las calles se materializó en un carnaval.

Félix y sus camaradas tenían mucho que hacer. Todos apoyaron a los rebeldes; nadie dudaba de que la junta tendría que renunciar. Pero el momento estaba lleno de peligro. Desde el otro extremo de la isla, Fidel hizo un llamamiento urgente al pueblo de Cuba, pidiendo mantener la calma y no fomentar la violencia.

Ché Guevara-Plaza de la Revolución-La Habana.
La icónica imagen del Ché Guevara, en hierro forjado, domina la Plaza de la Revolución de La Habana.

A medida que pasaban las horas sucedieron eventos trascendentales.  Los oficiales del Ejército regular transfirieron el mando de las principales fortalezas de La Habana a los principales comandantes de Castro, mientras que, en nombre de la revolución, un escuadrón de combatientes del antiguo Directorio estudiantil se apoderó del Palacio Presidencial, el mismo que el grupo no había podido conquistar hacía menos de dos años. Veinticuatro horas después de que Batista volara, los rebeldes ya controlaban La Habana.

Las únicas personas que se alarmaron, un grupo para nada insignificante, fueron aquellos que habían servido a Batista. Los cubanos los llamaban  esbirros, no importaba si eran policías, coroneles del Ejército o ministros. Desde el primer momento los soldados rebeldes o personas que afirmaban ser soldados rebeldes buscaban esbirros y les disparaban sumariamente. Los policías de La Habana se habían quitado los uniformes y permanecían escondidos.

Félix y su grupo fueron al principal canal de televisión y exigieron salir al aire con una declaración de la Juventud Socialista. De pronto Félix se encontró ante las cámaras, presentado por un moderador: “Esta es una  emisora de televisión libre y democrática donde incluso los comunistas pueden hablar”.

Félix se percató de que no había ido a su casa por varios días. Exhausto, necesitaba un baño y afeitarse. Se fue a la casa.

—¡No te hemos visto en cuatro días y ni una llamada telefónica! —le dijo la vieja.

El muchacho la miró hoscamente. “Hemos hecho una revolución y todavía tengo que escuchar esa mierda”, pensó.

Su padre no entendía bien lo que estaba pasando. Sus amigos en el gabinete de Batista habían desaparecido de la noche a la mañana. Aun así, o eso parecía pensar el viejo, había servido un cuarto de siglo en el Palacio Presidencial y sabía cómo hacerse amigo de la gente.

—Mira, viejo —dijo Félix—, esto no es lo mismo de siempre. Tú no conoces a esa gente del 26 de Julio. Bueno, tampoco los conozco, pero sé que las cosas van a ser diferentes.

El viejo sacudió la cabeza. Estaba fuera de sus cálculos que él no pudiera volver a abrirse camino en el Palacio. En cuanto a las revoluciones, las había estado observando desde antes de que ese niño naciera.

Esta selección es de Hermanos de vez en cuando de David Landau. El libro, incluido todo el material que contiene, tiene copyright  2021 de Pureplay Press.

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David Landau

David Landau, the Impunity Observer's contributing editor, is the author of Brothers from Time to Time, a history of the Cuban revolution.

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