Una fuerza imparable

Octavo fragmento de “Hermanos de vez en cuando”

prensa libre

Riverito (derecha) con el primer ministro Tony Varona (sentado) y otros tres periodistas pocas semanas después de la toma de Castro. La prensa libre cubana ya estaba bajo ataque por el régimen de Castro.

La ley revolucionaria.

Durante las primeras semanas en el poder, los nuevos gobernantes de Cuba impusieron medidas que les reportaron una inmensa popularidad. Redujeron los alquileres urbanos a la mitad, bajaron el valor de la tierra, pusieron a la venta lotes deshabitados para proyectos de viviendas de bajo costo y redujeron las tarifas de los servicios públicos y telefónicos. El propio Fidel firmaba títulos de parcelas de tierra de propiedad estatal a favor de campesinos de Pinar del Río, la provincia más occidental de Cuba.

Esas medidas despertaron a los estadounidenses, a quienes les disgustaba todo lo que oliera a socialización. Se ofendieron especialmente los dueños de las compañías telefónicas y de servicios públicos, y los propietarios de tierras y empresas agrícolas.

Las políticas del nuevo régimen también afectaron a los cubanos pudientes que habían podido ahorrar en impuestos al sobornar a funcionarios de Batista. Finalmente, pero no menos importante, los esbirros y las personas que habían trabajado para Batista en cualquier cargo enfrentaron una triple amenaza. De los detenidos, quienes tuvieron suerte fueron enviados a prisión. Los que no, fueron al paredón de fusilamiento. Todas las propiedades de los esbirros, sin excepción, fueron expropiadas.

Para los cubanos ricos ordinarios que debían impuestos atrasados, los recaudadores ofrecían condiciones de pago favorables. La mayoría de las personas prefirieron pagar antes que otras opciones ofrecidas. Con la recaudación de los impuestos atrasados que inundaban las oficinas del Gobierno, más los ingresos de las propiedades confiscadas, el régimen de Fidel adquirió una fortuna tal que se convirtió en la revolución mejor dotada de recursos de los tiempos modernos.

La chusma, la masa incivil, se identificó cada vez más con el regimen revolucionario. ¿Cómo? Emi y sus amigos miraban de reojo a quienes no habían hecho nada contra el régimen de Batista mientras decían que lo odiaban. Para aquellos que realmente lucharon contra Batista, esa vehemencia emocional de las masas por Fidel fue una hipocresía flagrante. La muchedumbre revolucionaria estaba tratando de borrar su inacción anterior dándole feroces muestras de apoyo a un Fidel que, feliz, los aceptaba.

Hasta los verdaderos luchadores, con toda su seriedad, disfrutaron de aquellos primeros días. Emi era un abogado con credenciales revolucionarias y buenos contactos en el nuevo régimen. Las leyes del país estaban en el limbo y los bolsillos de la gente abarrotados de dinero proveniente de los recortes económicos del régimen. Como abogado, Emi nunca había estado tan ocupado ni había prosperado más.

La luna de miel fue corta. Apenas dos meses después del triunfo de Castro, un grupo de casi cuarenta pilotos de combate de las fuerzas aéreas de Batista enfrentó un juicio por crímenes de guerra. Acusados de bombardear posiciones rebeldes durante el reciente conflicto, los aviadores se defendieron diciendo que en realidad habían arrojado sus bombas en áreas no pobladas y habían redactado informes falsos a sus superiores. Sus historias fueron verificadas y, en un veredicto sorpresa, el juez halló inocentes a los aviadores.

Sin embargo, los regímenes revolucionarios tienden a rechazar las sorpresas que no sean de su propia creación. El veredicto enfureció a la mafia revolucionaria. Se produjo un motín en Santiago de Cuba, donde se había reunido el tribunal. En el otro extremo de la isla, en La Habana, Fidel apareció en televisión y exigió un nuevo juicio. El juez de primera instancia fue reemplazado por el comandante Barba Roja, uno de los hombres leales de Raúl.

Barba Roja convocó a un segundo juicio. Con la misma evidencia condenó a todos los aviadores con penas de prisión de hasta treinta años. Fidel pronunció un nuevo estándar legal: “La justicia revolucionaria no se basa en preceptos legales sino en convicciones morales”. Como los aviadores pertenecían a las fuerzas aéreas de Batista, eran delincuentes y debían ser castigados.
Esa declaración contenía una señal importante sobre la naturaleza del régimen de Castro. En aquella charla que el viejo y Adolfo tuvieron inmediatamente después de la huida de Batista, el experimentado hombre se había equivocado y su bisoño hijo había caracterizado perfectamente la nueva situación.

Uno de los primeros edictos del régimen fue abolir el sistema de “botellas” o sinecuras del que dependían Riverito y otros periodistas para su sustento. Al mismo tiempo, comenzaron a aparecer impugnaciones sobre la prensa que había prosperado durante el gobierno de Batista. A las personas que escribían para esas publicaciones en todo el espectro de la prensa libre de Cuba se les llamaba “traidores”, “fariseos”, “vendepatrias” o “botelleros”, algo que de repente había adquirido un siniestro y nuevo significado.

La inferencia era falsa. Los periódicos cubanos dependían en gran medida de esas sinecuras como una ayuda para balancear la contabilidad. Los salarios se mantenían bajos con la expectativa de que los reporteros, al igual que los trabajadores de servicios, aumentaran sus entradas con propinas. Esos pagos extra no tenían relación con lo que escribían, con el ejercicio de su profesión. No eran sobornos, como tampoco lo son las propinas a los meseros o a los conserjes.

Por supuesto, los nuevos gobernantes lo sabían perfectamente bien. Simplemente no perderían la oportunidad de ayudarse a sí mismos y a sus amigos a expensas de las personas ricas del antiguo régimen. Esto lo hicieron, para colmo, con la apariencia de ser los más santos y de que los revolucionarios han desplegado siempre contra “la corrupción del viejo régimen”. Aquellos enriquecimientos se pintaban como una quiebra moral, mientras que los del nuevo régimen se tildaban como medio vital para distribuir el bienestar o brindar “justicia social”.

En tiempo récord el nuevo régimen logró que los cubanos aceptaran que la prensa de La Habana había vendido su alma por sinecuras. Al cancelarlas, el régimen se apoderó físicamente de las prensas, oficinas e instalaciones de todos los periódicos que habían apoyado a Batista. El régimen no hizo excepción con aquella prensa que había mostrado cierto equilibrio al dar también una cobertura generosa a los rebeldes.

El objetivo real tenía doble propósito: abolir aquellos periódicos en los que el régimen apenas confiaba y enriquecer a otros, como el periódico Revolución del 26 de Julio, y el periódico Hoy, de los comunistas, con los que el régimen podía contar al cien por ciento.

De hecho, fue una solución dramática y visionaria al problema de una prensa libre. Los medios cubanos habían sido libres y activos hasta el atrevimiento. Batista de vez en cuando suspendió las libertades de prensa y cada vez que lo hizo resultó perjudicado por ello. Pero Batista nunca pretendió la solución final que los nuevos gobernantes ahora se encargaban de aplicar por etapas. Al final, el régimen de Castro no es que prohibiera la corrupción, sino que hizo invisible la suya, a la vez que anulaba al propio periodismo.

Contra ese monstruo, incluso Riverito, un hombre que había protegido a su familia en los peores momentos, no pudo hacer nada.

En un cambio abrupto, el hijo menor se adueñó del rol del apellido de su padre. Con la llegada de la revolución al poder, el joven de veintitrés años había ganado una posición superior en el Partido Comunista; nada menos que Raúl Castro lo había designado para el liderazgo de la organización juvenil del Partido en La Habana.

A los ojos de Adolfo, que ya había descartado su nombre clandestino, el viejo era un inocente político. Puede que no entendiera la revolución, que no apoyara el comunismo, pero no había razones para tratarlo con dureza. Adolfo escribió un informe en el que testificó de manera apropiada que Riverito había dado refugio a militantes comunistas perseguidos por la Policía de Batista; en otras palabras, a varios de los amigos de Félix que se habían quedado como invitados en la casa de su padre cuando estaban huyendo.

Y aquí radicaba el problema: Adolfo solo podía dar su memorando a los líderes comunistas que todavía estaban sentados en el “gallinero”. Quienes estaban en el poder eran gente del 26 de Julio, sin ninguna razón para ayudar a un viejo periodista con estrechos vínculos con el antiguo régimen.
Para los padres de Adolfo, solo una cosa era segura: esta no era la Cuba de ellos.

Esta selección es de Hermanos de vez en cuando de David Landau. El libro, incluido todo el material que contiene, tiene copyright  2021 de Pureplay Press.

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David Landau

David Landau, the Impunity Observer's contributing editor, is the author of Brothers from Time to Time, a history of the Cuban revolution.

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