Peligro

Trigésimo fragmento de “Hermanos de vez en cuando”

La Habana, Paseo del Prado, 2002.

¿Quién mueve los hilos?

[De los recuerdos de Emi]

Centro especial de interrogatorios. Después de unos días me llevaron de nuevo a la barra. Tan pronto como vi a mis interrogadores pude sentir su tensión y hostilidad.

—Su propuesta no ha sido aceptada —dijo el oficial superior—. El Departamento ha acordado que usted está tratando de ganar tiempo. No podemos permitirlo. Debemos asegurarnos de que reciba exactamente lo que merece.

Mi interrogador principal había anunciado mi sentencia de muerte.

Le respondí que lamentaba la decisión, que se estaba perdiendo una buena oportunidad y que no tenía nada más que decir.

De la nada, el oficial superior dijo:

—Para usted, el peligro es un deporte.

Adolfito me había dicho eso mismo un año o dos antes. Recordé el comentario porque me había dolido. No podía ser una coincidencia que el interrogador usara esas mismas palabras. Había hablado con mi hermano.

Ante mi silencio, el oficial superior preguntó:

—¿Piensa usted contar al tribunal revolucionario las mismas historias que nos ha estado contando a nosotros?

—No lo sé —dije sin pensar—. Puede ser que me quede mudo y no diga ni una palabra.

Lo tomaron sin un comentario y se fueron.

No me llamaron más. Después de ocho o diez días un guardia abrió la mirilla y gritó:

—Brand, prepárate. Te vas a ir.

La puerta se abrió. Me dieron mi ropa y mis zapatos. Después de vestirme me pusieron una toalla alrededor de la cara; me llevaron abajo y afuera de la casa, a un estacionamiento. Me mostraron un camión, me colocaron en el compartimento trasero sin ventanas ni asientos y partieron.

* * *

La Habana, 17 de septiembre de 1961. Después de tres días en el Departamento de Investigaciones Internas llevaron de nuevo a Emi a una celda de Seguridad que, luego de haber estado un mes en “la cabañita”, era como estar en casa.

Poco después lo sacaron de la celda y lo llevaron a un cubículo donde oyó que un oficial decía por teléfono:

—¡No! ¡El problema es que su madre vino a verlo!

Un guardia entró con una ametralladora.

—¡Lléveselo! —le dijo el oficial al guardia.

El guardia que llevaba a Emi por el pasillo lo regañaba todo el tiempo:

—¡Usted se mete en problemas! ¡Usted crea problemas!

Le dieron la vuelta a una esquina y lo llevaron a un recinto.

Allí, tras unos barrotes, vio a su madre con Gloria, la hermana menor de ella.

—¡Vieja!

¿Por qué has venido?

—¡No me preguntes tal cosa!

Delia miró a su demacrado hijo. El calor y la deshidratación en el centro especial de interrogatorios le habían costado unos veinte kilos en treinta días.

hermanos lulu—¿Cómo te va? —preguntó.

—He pasado por mucho, pero con la cara en alto.

—Bien. Es lo único que quería oír.

La vieja fue muy dura, tan dura como nunca la había visto.

—Tú y el viejo tienen que prepararse. Me van a ejecutar.

—Estamos haciendo muchas cosas por ti.

Tu padre está volando a México para ver al presidente y tus amigos están ayudando mucho.

Hablaban delante del guardia que estaba a unos metros de distancia. El último comentario de ella fue una referencia a la CIA.

—Quiero enviar un cable a mis hijos —dijo Emi, dirigiéndose a su madre y también al guardia.

—Escribe el cable y muéstramelo —dijo el guardia.

Había un bolígrafo y un papel cerca. Emi lo tomó y escribió:

“Querido Rubén, cuida bien de tu hermana. Querida Ermi, tu voz siempre fue mi música”.

Le dio el papel a su madre y ella lo mostró al guardia. Este asintió con la cabeza y les dijo que terminaran la conversación.

—Vieja, sé valiente. Voy a ser ejecutado.

—Soy una mujer. Sé cómo ser una mujer. Tu padre es un hombre. Él sabe cómo ser un hombre.

Después de la reunión, la vieja escribió a su marido: “Emi está muy delgado, pero su cara se veía bien. Su estado mental era bueno y no caí en uno de mis malos momentos, lo que lo fortaleció. No sé de dónde saqué la fuerza. Dios me ayudó”.

En cartas a su marido, Delia también le pudo dar noticias de su hijo menor, al que no había visto desde su partida a Estados Unidos.

“Debo confesar que a pesar de la inmensa felicidad que sintió Adolfito al verme, fue muy cruel conmigo, tan duro como para ser anormal”.

De hecho, cuando la vieja le contó a Adolfo sobre su visita a la Seguridad y habló del alto espíritu de Emi, Adolfo la reprendió.

—¡Veremos cómo tiemblan las piernas de tu hijo cuando lo pongan frente al pelotón de fusilamiento!

La vieja se esforzaba por creer que la actitud de Adolfo era pasajera. Le escribió al viejo:

“Le pido a Dios que borre estas cosas para poder perdonar a Adolfito con todo mi corazón.

Ten la certeza de que reuniré toda la decencia que pueda para verlo bajo otra luz”.

Emi era ahora un problema que Adolfo quería quitar del camino.

Además de las tensiones políticas del momento y la preocupación de Adolfo por su propia posición como cuadro del Partido, el hermano menor también se acercaba a una coyuntura que lo llenaba de inquietud. Su amada Galina pronto llegaría de Hungría y se casarían. Adolfo había decidido traerla, a pesar de los consejos de Aníbal y de haberle dicho que tenía razón.

El vuelo de Galina estaba programado para un día que Adolfo viajaba al extranjero. Así que le dijo a su madre:

—Escucha vieja, ya que vas a estar aquí de todos modos, ¿podrías ir al aeropuerto y recibir a Galina en mi lugar?

—Por supuesto —dijo la vieja sin dudarlo.

—Por cierto —añadió Adolfo—, cuando hables con Galina preferiría que no le contaras ciertos asuntos familiares.

—Los asuntos de mi familia empiezan conmigo y terminan con tu padre—la vieja respondió—. En cualquier caso, no es asunto tuyo.

Esta selección es de Hermanos de vez en cuando de David Landau. El libro, incluido todo el material que contiene, tiene copyright 2021 de Pureplay Press.

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David Landau

David Landau, the Impunity Observer's contributing editor, is the author of Brothers from Time to Time, a history of the Cuban revolution.

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