El yogui

Vigesimonoveno fragmento de “Hermanos de vez en cuando”

El Malecón de La Habana, visto desde el Hotel Nacional, 2002.

Bajo interrogatorio

En el mismo momento que Brand murió al caer preso por la Seguridad del Estado, Emi Rivero renació para pasar toda una vida en la cárcel, si es que tenía suerte.

15 de mayo de 1961. De la prisión de la fortaleza de La Cabaña, donde había estado encarcelado por tres semanas después del interrogatorio de Barba Roja, Emi fue transferido de nuevo al sumo de los alojamientos penales: las galeras de la jefatura de la Seguridad del Estado, ahora mucho más llenas que antes.

Cayó en la celda tres, llena hasta su límite, con unos cincuenta hombres. En ese cuarto grande estaban colocadas las literas de tres niveles en completo desorden.

Un agujero en el piso con una ducha en la pared era la única instalación sanitaria para aquellas cincuenta personas.

Mientras se presentaban unos a otros en la celda, llamaron a Emi y lo condujeron a una habitación donde estaba un oficial sentado detrás de un gran escritorio. Le hizo señas a Emi para que se sentara frente a él.

—El G2 ya sabe bastante sobre usted, pero necesitamos saber más. ¿Cómo entró en Cuba? ¿Cuáles fueron sus actividades más recientes?

—Soy un periodista independiente que trataba de vender artículos a la CBS TV y al New York Times.

Como quería hacer los reportajes sin el conocimiento del Gobierno, vine al país como polizón en un carguero proveniente de América Central.

—Tu historia no es creíble.

—Hablé con el señor Richard Eder del New York Times sobre la presentación de mis informes. Si tiene alguna duda sobre lo que digo, puede contactar al señor Eder y comprobarlo usted mismo. Le encanta hablar con funcionarios cubanos y habla un español perfecto.

El oficial tomó un bolígrafo y dijo:

—Si me dices que este bolígrafo es de oro puro y me invitas a revisarlo para convencerme, no tengo que hacerlo porque sé que el bolígrafo no es de oro.

Emi Rivero, que no se inquietaba fácilmente, encontró la declaración desconcertante.

—¿Sabes lo que te condena? —el oficial le dijo—.

Tu mentalidad de abogado. Lo que va a decidir en el juicio no es lo que diga el presidente del tribunal, los fiscales, tu abogado o los testigos, ni siquiera las pruebas, nada de eso. Lo que va a decidir es lo que diga el G2. Coopera con nosotros y así podríamos tener un trato favorable contigo en tu caso.

—Estoy en Cuba tratando de hacer los reportajes que acabo de mencionar por cuenta propia. El oficial llamó a un guardia que llevó a Emi de vuelta al confinamiento.

Centro especial de interrogatorios alias “Las Cabañitas”, cerca de La Habana, agosto de 1961.

En su pequeña celda para un solo hombre, que él llamaba “la cabañita”, Emi continuó puntualmente con la práctica del yoga, tal como lo había hecho durante su vida clandestina. Sus sesiones eran más largas en la medida que aumentaba la presión del cautiverio.

Era evidente que guardias y oficiales observaban sus ejercicios a través de la mirilla, ya que a veces escuchaba que se referían a él como “el yogui”.

Uno o dos días después de la llegada de Emi, un par de soldados entraron a su cabaña mientras otro quedaba afuera portando un rifle. Era el procedimiento para ir al baño, pero él lo no había pedido. Uno de los soldados le puso una toalla alrededor de su cabeza y lo guio para bajar por unas escaleras.

Cuando le quitaron la toalla vio que estaba en una sala con una pequeña barra. Las puertas de cristal daban a la terraza y al patio trasero de la residencia. Después de la atmósfera asfixiante de “la cabañita”, sintió en su piel el fresco maravilloso del aire acondicionado.

Dos jóvenes se presentaron como miembros del G2. El más alto, superior en rango, tomó la delantera.

Se sentaron en la barra. Preguntado sobre su llegada clandestina a Cuba, Emi repitió su historia de ser un reportero independiente que había llegado en barco.

Al final del monólogo de Emi, el oficial superior dijo con frialdad:

—Brand, estás en una posición muy peligrosa. Sabemos cómo llegaste a Cuba. No fue en un barco, sino en un avión y no como polizón, sino como paracaidista. Si quieres te muestro en un mapa la granja donde aterrizaste.

Emi mantuvo su cara de póker, pero se enfureció para sus adentros: alguien había hablado y con detalles.

—La información que tenemos es suficiente para llevarte al pelotón de fusilamiento —añadió el hombre mayor—. La única oportunidad que tienes de salvar tu vida es darnos información detallada sobre todas tus actividades, contactos, depósitos de armas, todo. O nos dices lo que queremos saber o vas al pelotón de fusilamiento.

hermanos lulu—No sé de qué están hablando —respondió Emi.

Los interrogadores se molestaron y dejaron el cuarto. Reaparecieron los guardias y lo volvieron a subir.

Unos días después la mirilla se abrió.

—¡Brand! —alguien gritó.

Emi actuó como si no hubiera escuchado. La puerta se abrió y otra vez dos hombres uniformados aparecieron con la toalla.

Abajo, los oficiales ya estaban sentados en la barra. El hombre mayor comenzó.

—Mira, Brand…

—Me llamo Rivero.

Los oficiales intercambiaron una mirada seria.

—No queremos ejecutarte —dijo el mayor—. Puedes salvar tu vida colaborando con nosotros. Sabemos que tus amigos esconden muchas armas. Te propongo llevarte hasta un teléfono. Llama y dile a tu gente que deben huir porque el G2 va a ir allí. Nos das la dirección, tus amigos escapan, confiscamos las armas y salvas tu vida.

—No sé de ningunas armas y no tengo ninguna información que darles— respondió Emi.

Otra vez los oficiales se miraron.

—¿Qué puedes decirnos acerca de tu hermano? —preguntó el joven.

—Él es un comunista consagrado. Pasó un año en Hungría. Tuvimos una conversación hace un año y le dije: “Mira, no me gusta que seas comunista, pero como lo eres, quiero que llegues a los puestos más altos de la jerarquía del Partido. Quiero que tengas éxito”. Su respuesta fue: “Yo no quiero que tú tengas éxito”.

Los interrogadores se rieron.

—Tu hermano tiene la mente clara —dijo el oficial subalterno. Una vez más le colocaron la toalla sobre la cabeza y lo llevaron a su cabaña. Aferrado a su motivación básica, no dar ninguna información al G2, Emi había caído en una trampa de la que le sería difícil escapar con vida. El conocimiento que tenía el G2 de Brand y de cómo había entrado en Cuba era más que suficiente para sentenciarlo a muerte. Por otra parte, los oficiales del G2 le habían planteado algo que posiblemente lo ayudara: el tema de su hermano.

Emi conocía bien de la admiración y el cariño que los altos líderes del régimen sentían por su hermano. Con el retrato cabal que había hecho de su hermano, Emi quizás podía haber puesto a los agentes en una menor disposición de ejecutarlo.

De nuevo lo bajaron para una tercera entrevista. Emi siguió evadiendo preguntas y desviando la conversación hacia la política. Habló mucho sobre la Triple A, el grupo con el que había trabajado durante la guerra contra Batista, haciendo hincapié en cómo el reclutar oficiales del Ejército, la Marina y la Policía para la Triple A había ayudado a la caída de Batista, principalmente por un colapso general de la moral.

—Si decides cooperar con nosotros —dijo el oficial subalterno—, podemos ponerte a trabajar como agente dentro de la prisión. Te pagaríamos por tu trabajo. Con el tiempo ganarías grandes cantidades de dinero.

—¡No me ofendas! —dijo Emi enloquecido.

La siguiente entrevista comenzó con una advertencia.

—El Departamento espera resultados de estas sesiones —dijo el oficial superior—. Está decepcionado de recibir únicamente tu análisis sobre la situación de Cuba.

—Puede ser —dijo Emi—, pero el Departamento haría bien en prestar atención.

Creo que el Gobierno americano no aceptará indefinidamente un régimen cubano que trabaja para la Unión Soviética.

—Eso es inútil. Ya sabes lo que queremos. Te has negado a cooperar. ¿Se te ocurre algo más? Estamos dispuestos a escuchar.

La pregunta tomó a Emi con la guardia baja.

—¿Podría darme un poco de tiempo para pensarlo?

—Muy bien —dijo el oficial superior y se marcharon.

De nuevo en su cuarto Emi tenía algo en que pensar.

Los interrogadores habían intentado usar para sus propósitos los instintos de supervivencia de Emi. ¿Por qué no cambiar roles y usar los instintos de supervivencia de ellos para su propio fin?

Todos, oficiales y ciudadanos por igual, temían una segunda invasión. Eso le dio a Emi mucho espacio para tratar de cambiar las cosas. En lugar de hablar de su propia vida, algo no prometedor, mejor sería concentrarse en las inseguridades de sus captores.

—Entonces, ¿qué has pensado acerca de nuestra propuesta? —le dijo el hombre joven a Emi, de regreso a la barra.

—Tengo una propuesta para ustedes.

Los hombres del G2 prestaron atención.

—Recuerden mis palabras: Estados Unidos planea invadir a Cuba y barrer al Gobierno revolucionario, pero parece que todavía estamos a tiempo de evitar que tal cosa suceda. Creo que puedo ser un instrumento para mediar en un acuerdo entre Estados Unidos y Cuba.

—¿Qué nivel puedes alcanzar? —preguntó el oficial superior.

—La Casa Blanca.

Los interrogadores no hicieron ningún comentario.

—Estoy listo para actuar como negociador —dijo Emi—. Estoy seguro de que es posible alcanzar un acuerdo.

—No tenemos una respuesta para eso. Tenemos que consultar al Departamento —dijo el oficial superior.

De nuevo lo sacaron a Emi del aire acondicionado y lo llevaron a su cabañita.

Esta selección es de Hermanos de vez en cuando de David Landau. El libro, incluido todo el material que contiene, tiene copyright 2021 de Pureplay Press.

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David Landau

David Landau, the Impunity Observer's contributing editor, is the author of Brothers from Time to Time, a history of the Cuban revolution.

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