Un trote a Key West

Decimonoveno fragmento de “Hermanos de vez en cuando”

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Emi/Brand y sus dos hijos menores, a principios de 1961 y la doctora S., la formidable suegra de Emi/Brand, en su juventud.

Huida de Cuba a nado

Brand estaba de incógnito, sin identidad ni documentos. Tendría que salir ilegalmente del país. ¿Cómo y quién podría ayudarlo?

Pensó en un joven al que conocía poco: Alfredo Izaguirre, de apenas veinte años, descendiente de una familia prominente en el periodismo y la política. Cuando el régimen disolvió la prensa no revolucionaria, Alfredo perdió su posición como editor de un periódico y se unió a la oposición clandestina. Brand pidió a sus amigos norteamericanos que procuraran una reunión con él.

—Tengo necesidad inmediata de hacer un viaje a Estados Unidos —le dijo Brand a Izaguirre—. No puedo irme por medios legales. ¿Me puedes proporcionar medios para hacerlo?

—Estoy en una posición incómoda, Brand. No estoy seguro de quién eres realmente.

—¿Qué quieres decir?

—Solo esto: en mis esfuerzos por verificar que no eres un agente del Gobierno, te he mencionado a varias personas que deberían conocerte y no te conocen.

—¿Me mencionaste cómo?

—Por el nombre de Pancho.

En un encuentro anterior, Brand le había dicho a Alfredo que algunos de sus amigos lo conocían como Pancho. Ahora, con una paciencia rara en él, Brand comenzó a explicar cómo funcionaban los alias en la clandestinidad.

Sin embargo, Alfredo no tuvo paciencia y explotó.

—Si estuviera seguro de que eres un agente del Gobierno te mataría ahora mismo, pero no estoy seguro.

Brand se despidió mientras se preguntaba: “¿Este tipo entenderá que si yo fuese un agente del Gobierno, esas palabras lo condenarían?”.

El asunto se estaba volviendo angustioso. Brand le envió una nota a su suegra, la doctora S., pidiéndole una cita.

La madre de Pelén no iba a perderse esa reunión. La testaruda mujer estaba furiosa por la situación que estaba sufriendo su hija. Si bien la doctora S. no tenía idea de lo que su yerno podría necesitar, su naturaleza le dijo que ella debía ser la encargada de tratar con él.

Brand estaba listo para hablar con la doctora S., pero no confiaba en ella. Por lo que sabía, ella podía llamar a la Policía.

Cuando la doctora S. apareció para la cita, ella sintió que más de una  pistola apuntaba hacia ella. Sus percepciones eran precisas; el lugar estaba “cubierto”.

—Debo salir del país por medios privados —le dijo Brand—. Estoy buscando a alguien que pueda llevarme en un yate o un barco. ¿Conoces a alguien que pueda ayudarme?

La señora pensó rápido.

—Quizás mi psiquiatra.

—¡Tu psiquiatra!

—Él conoce a mucha gente con botes. Dame uno o dos días y llama a su clínica. Le diré que espere tu llamada.

—¿Cómo está mi Pelén?

—Se instaló en Miami.

—¿Todo salió bien en la embajada?

—Sin problemas. Pero mi esposo y yo también nos estamos preparando para irnos y estamos teniendo algunos problemas. Tal vez puedas ayudar.

—¿Cómo?

—Necesitamos dólares y la tasa de cambio de pesos es muy mala. Quizás puedas conseguirnos una mejor tarifa.

—¿Cuánto necesitan?

—Cuatro mil dólares.

—Déjame ver qué puedo hacer.

En pocos días, los cuatro mil dólares, cambiados por los funcionarios norteamericanos a la tasa, entonces ya desaparecida, de uno por uno, estaban en manos de la doctora S.

Las cosas comenzaron a moverse. El psiquiatra lo recibió calurosamente.

—He organizado una reunión con un colega mío, el doctor Prado. Él  puede llevarte en su yate. Mientras tanto, ¿por qué no te quedas aquí en mi clínica? Es bastante segura.

Brand se instaló en una habitación del sótano y rápidamente encontró que su estado de ánimo se afectaba por ruidos extraños a su alrededor. Descubrió que los ruidos eran gritos de personas locas a quienes el médico mantenía bajo su cuidado en celdas acolchadas. Los sonidos, peculiares, incesantes y deformados por el sufrimiento humano, estremecieron a Brand.

—Pensándolo bien —dijo Brand al médico—, debo mudarme a otro lugar. Poco tiempo después, parado en una esquina del elegante barrio de El Vedado, un mulato de unos veinte años se le acercó.

—¿Eres Carlos? —dijo el mulato.

—Sí —dijo Brand—. ¿Quién eres tú?

—Vengo de parte del doctor Prado. Nos está esperando.

Entraron a un barrio modesto en las afueras de la ciudad. Definitivamente no podía ser el vecindario del médico. Brand, temiendo una trampa, se llevó la mano a la pistola.

Prado estaba esperando en casa del joven mulato, una jugada inteligente por parte del médico.

—Me iré a Florida en un par de días y volveré unos días después —le dijo Prado—. Estaré encantado de traerte de vuelta si quieres.

El hombre hablaba bien. De hecho, era casi demasiado conveniente. La inteligencia de Castro era experta en tácticas de este tipo. Prado podía ser un agente doble.

—Un  viaje  de  regreso  podría  funcionar  de  manera  muy conveniente

—dijo Brand—. Mi misión es traer de regreso a Cuba a Tony de Varona.

¿Podrías traernos a los dos?

—Seguro.

Era una rotunda mentira. Brand no tenía interés en el ex primer ministro que había huido recientemente a Estados Unidos. Pero Varona sería una gran captura para Castro. Si Prado fuera un agente de Policía, y si pensara que Brand pudiera traer a Tony de Varona, entonces Prado y sus superiores le permitirían a Brand llegar a la Florida. Si Prado no era un agente doble, la mentira era inofensiva.

—Voy a sacarte escondiéndote en el yate —dijo Prado.

—No me gusta —dijo Brand—. Antes de partir, el yate probablemente será objeto de una búsqueda exhaustiva. Preferiría encontrarnos en alta mar. ¿Podemos arreglar eso?

—Un amigo mío tiene una casa en la playa en Santa María del Mar. Podrías quedarte con él la noche del cuatro y nadar a la mañana siguiente. Puedo recogerte a un kilómetro y medio de la playa. ¿Estaría bien así?

—Sí, eso es mucho mejor.

Sábado 5 de noviembre de 1960. La hermosa bebita, hija de la pareja, había dormido profundamente, dándole a Brand una noche de descanso. Alrededor de las cinco y cuarto de la mañana, Brand terminó sus ejercicios de yoga y se unió a sus anfitriones, la joven pareja que miraba hacia el horizonte en dirección a La Habana. Aproximadamente a las cinco cuarenta y cinco observaron una mancha blanca en el agua, quizás a tres millas de distancia.

—Creo que es ese —dijo el hombre—. ¡Vámonos!

La orilla estaba a menos de dos cuadras de distancia. A esa hora, Santa María del Mar era especialmente hermosa. La playa estaba desierta. Soplaba el viento y el mar estaba picado. Al observar las aguas movidas, los anfitriones de Brand se preocuparon de que no llegara a tiempo. Le dieron unas aletas para que nadara más rápido.

Salieron a la playa y se metieron en el agua, como si nadaran en grupo, en caso de que alguien los estuviera observando. Brand se dirigió hacia el norte. Fue un trayecto difícil que no disfrutó. La única manera de llegar al bote era nadar a toda velocidad.

Cuando vio que el yate pasaba delante de él, paralelo a la costa, se dio cuenta de que no iba a lograrlo. Braceó tan fuerte como pudo pero fue inútil, el bote ya estaba a cientos de metros. Comenzó a tragar agua y pensó: “¡Qué forma tan estúpida de morir!”.

Muchas imágenes de su vida pasaron por su conciencia, las dos últimas especialmente vívidas: su hijo mayor a los seis años, montando bicicleta por primera vez, y sus dos hijos de tres y dos años, empujando las sillas del comedor para sentarse a su lado durante el almuerzo.

Brand sintió un violento aumento de sus fuerzas.  Mirando  hacia  el mar abierto, vio que el yate giraba. Iba a pasar frente a él a cien metros de distancia.

—¡Prado! ¡Prado! ¡Prado! —gritó.

El yate dio una sacudida y se dirigió directamente hacia él. Prado bajó una escalera a babor y tiró a Brand hacia la cubierta.

—¡Norte! ¡A todo motor! —le gritó al capitán.

Cuando Brand pudo concentrarse nuevamente, vio a la esposa de Prado, en avanzado estado de embarazo, descansando en la cubierta. Ella lo miraba.

Cuando atracaron, Brand ya estaba vestido con la ropa que había entregado a Prado en La Habana para que se la guardara. Pidió prestados algunos dólares de su anfitrión, tomó un taxi hasta el aeropuerto y compró un boleto a Miami con un nombre falso. Tres horas más tarde, estaba besando a sus dos hijos más pequeños que, junto al recuerdo de su hijo mayor, lo habían devuelto a la vida.

Esta selección es de Hermanos de vez en cuando de David Landau. El libro, incluido todo el material que contiene, tiene copyright 2021 de Pureplay Press.

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David Landau

David Landau, the Impunity Observer's contributing editor, is the author of Brothers from Time to Time, a history of the Cuban revolution.

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