Guerra civil

Decimosegundo fragmento de "Hermanos de vez en cuando"

El 10 de mayo de 1960: un punto de ruptura.

Cisma entre hermanos

La Habana, mayo de 1960. Emi recibió una llamada de sus padres. Estaban locos de preocupación por Adolfo, que había prometido hacer escala en un viaje de Budapest a Cuba; pero, desde que recibieron la promesa, no habían sabido más de él. No sabían si estaba en Cuba, Hungría o Siberia. Le imploraron a Emi que localizara a su hermano y encontrara información sobre él.

Al igual que su padre, Emi no era un mal detective. Convenció a sus enemigos, los comunistas, de que revelaran el paradero de Adolfo. A la sazón, se encontraba en La Habana, en un congreso de su organización de origen, que ahora se llamaba Juventud Rebelde. Logró averiguar que paraba en el Deauville, un hotel bastante elegante en el boulevard costero de La Habana, en el Malecón. Emi lo localizó y lo invitó a almorzar.

Adolfo accedió a reunirse con su hermano, pero de ninguna manera le agradaba la idea. Se encontraron en la Asociación de Reporteros de La Habana, una entidad condenada a muerte.

—Estás sobrealimentado —comenzó Adolfo.

Caminaron hacia el restaurante chino Cantón. Como las reuniones entre ellos se habían vuelto extremadamente raras, se detuvieron para que un fotógrafo callejero les hiciera un retrato con una Polaroid. Seguramente fue un tributo nostálgico al viejo, que había comenzado su fenomenal ascenso como fotógrafo de turistas en los cafés de La Habana.

En ese retrato Adolfo juega el papel del turista adinerado que es: un visitante de Budapest, todo sonrisas con despreocupación juvenil. Emi intenta una especie de sonrisa, pero el fingimiento es obvio; las esquinas de sus ojos hacia abajo y su boca lo traicionan: la reunión no es que sea una celebración para él.

En el restaurante fueron directamente a los negocios. Adolfo mencionó el proyecto de vivienda de bajo costo que estaba organizando la comandante Pastorita Núñez. Los enemigos del Gobierno la habían criticado por ignorar procedimientos legales en sus esfuerzos por acelerar la construcción.

—Lo importante es construir las casas —dijo Adolfo—. El resto se puede tratar en el momento adecuado.

—Estoy de acuerdo —dijo Emi—. Es un buen proyecto y debe hacerse rápidamente.

—¿Y   de   las   otras   medidas   revolucionarias?   —Adolfo   preguntó—.   ¿Qué opinas? “Medidas revolucionarias” era un término edulcorado para las confiscaciones que el régimen había realizado a muchos cubanos y estadounidenses.

—Los gobiernos tienen derecho a incautar propiedades  —respondió Emi, descartando el eufemismo—. Es parte del contrato político. No me opongo a eso. Siempre en el papel de interrogador, Adolfo insistió.

—¿Aceptas el liderazgo de Fidel Castro?

—No acepto el liderazgo de nadie —dijo Emi con firmeza.

—Fidel está llevando las cosas en la dirección correcta. El país lo acepta. Tú también deberías.

—¿Como todos los demás? No lo creo.

hermanos lulu—Entonces no estás siendo inteligente al respecto. Querías la revolución tanto como cualquiera. Es tu revolución también. ¿Por qué no encuentras tu lugar en ella? Pero no, eso te haría actuar como otras personas. Entonces, ¡haces lo contrario y arruinas tu vida!

—No trabajaré con los comunistas. Mira Adolfito, no tiene nada que ver contigo. Si te hubieras convertido en sacerdote, no me hubiera gustado; pero como eres mi hermano, hubiera querido que te convirtieras en papa. No me gusta  que seas comunista, pero  como lo eres, quiero que alcances los puestos más altos en la jerarquía del Partido. Quiero que tengas éxito.

—¡Pero yo no quiero que tú tengas éxito!

—Escucha. Los viejos sufren por estar separados de nosotros. Llámalos de vez en cuando, ¿sí? Incluso, si el Partido está pagando tus gastos, deben entender que tienes que hablar con tus padres.

—No compares tu moral con la mía —dijo Adolfo con brusquedad.

El almuerzo terminó con un abrazo; después de todo, seguían siendo hermanos. Mientras se abrazaban, Emi pudo sentir muchas cosas en la constitución de Adolfo: la fealdad de un fanático, la excitación del poder revolucionario, la firmeza de los principios del hombre, la delgadez que provenía de la abnegación y la calidez de un fuerte amor por los viejos.

Pero los sentimientos poco influirían en el conflicto que se aproximaba. Los cubanos estaban tomando partido rápidamente. Grupos armados formados por veteranos del propio Ejército Rebelde de Fidel habían comenzado a formar unidades en el campo, preparándose para hacerle a Fidel lo mismo que él le había hecho a Batista. Emi ya estaba trabajando con uno de esos grupos.

Adolfo, que regresó inmediatamente a Budapest sin detenerse en Washington, también sabía que habían cruzado un umbral. Contando los días que le quedaban para regresar a casa, Adolfo pensaba en la probable actividad de Emi. El contacto con sus padres, que

Adolfo había suspendido, ahora le parecía útil. En cartas desde Budapest inundó a sus padres con advertencias para su hermano.

“Díganle a Emi que esto no es como la lucha contra Batista. Castro es mucho más capaz y su popularidad es abrumadora. Si Emi intenta conspirar ahora, no habrá más escapadas milagrosas. Es casi seguro que será capturado y fusilado”.

En otro mensaje: “Deben decirle a Emi que no sea tan tonto como para tocar la trompeta en casa de Louis Armstrong”. En otro, con carácter definitivo: “¿Puede ser que la ambición de mi hermano lo lleve por el camino de la traición?”.

Emi reflexionó sobre el consejo de su hermano: “¡Búscate un lugar en la revolución!”. Era el Adolfo clásico, contundente y convincente. Lo único necesario era la orientación correcta. El lugar de Emi en la revolución sería contra ella y también contra su hermano.

Esta selección es de Hermanos de vez en cuando de David Landau. El libro, incluido todo el material que contiene, tiene copyright 2021 de Pureplay Press.

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David Landau

David Landau, the Impunity Observer's contributing editor, is the author of Brothers from Time to Time, a history of the Cuban revolution.

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