Un día glorioso

Vigesimoquinto fragmento de “Hermanos de vez en cuando”

io-ft-San-Lazaro-Street -Cuba

Calle San Lázaro en el centro de La Habana, 2002.

¡Oh, qué guerra tan encantadora!

Amanecer del 15 de abril. En su cuarto de Mella, Adolfo dormía profundamente en la litera, que se había hundido tanto que ahora era como una hamaca de hierro en una armazón de acero.

Soñaba que la lluvia caía sobre él. Creyó oír un portazo.

—¡Félix, levántate! ¡Están bombardeando La Habana!

Era la voz emocionada de Ezequiel, un amigo de la lucha antibatistiana que ahora llamaba a Adolfo por su nombre de guerra.

—¡Llegó el momento, Ezequiel! —Adolfo le respondió gritando, a la vez que nombraba a su amigo por su nombre clandestino. Estaban encantados de volver a la lucha y no poco asustados.

Adolfo se bajó de la hamaca de hierro y se puso las botas. Podían escucharse a lo lejos las explosiones con un ritmo musical. Su mente lo tarareaba. Se imaginó a sí mismo y a su amigo corriendo a través de un paisaje lunar de cráteres ahumados, edificios en llamas y enormes paredes de ladrillo desplomándose.

Ahora más que nunca Adolfo se sintió orgulloso de ser comunista. Una vez más la vida había demostrado que los comunistas estaban en lo correcto. ¿Quiénes sino ellos habían entendido la naturaleza de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba? ¿Quiénes sino ellos sabían que un ataque norteamericano a Cuba era inevitable?

Por fin los jóvenes comunistas tenían la pelea que querían. Ya no serían figuras encubiertas, grises y sombrías. Los héroes guerrilleros de la Sierra Maestra o los gallardos asaltantes al Palacio Presidencial ya no los mirarían de arriba hacia abajo. Aunque Adolfo y sus amigos no habían sido ajenos al terror, durante años vivieron bajo espadas colgantes. Sufrieron peligros sin tener el premio del mérito. Ahora había llegado su día de gloria.

Adolfo se calzó una pistola Makarov, de fabricación soviética, en su cinturón. Ezequiel y él bajaron las escaleras, subieron a un carro y se dirigieron hacia la avenida Carlos III.

hermanos de vez en cuando-David Landau- luluLas explosiones se habían detenido. Todo parecía normal. Al no encontrar a nadie en las oficinas de Juventud Rebelde, se dirigieron a la sede de las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI), la nueva entidad gobernante en Cuba. Allí se encontraron con Joaquín Ordoqui, uno de los viejos comunistas y miembro del comité central de las ORI, vestido con uniforme militar verde olivo.

—Los aeropuertos de San Antonio y Santiago de Cuba han sido bombardeados. También el cuartel general del Ejército Rebelde —dijo a los jóvenes lacónicamente—. El ataque a Ciudad Libertad fue el último.

—Así que las explosiones que hemos estado escuchando…

—No eran bombas, sino depósitos de municiones que explotaban.

—¿Y ahora qué? —preguntaron los jóvenes.

—Debemos estar alerta —respondió el veterano.

—¡No hay invasión! Tal vez esto no sea una guerra después de todo —dijo Adolfo, desanimado.

—Tal vez sí sea una guerra —dijo Ezequiel—. Los americanos deben estar preparando algo grande.

—¡Grande es la revolución! —Ordoqui refutó a Ezequiel, mientras lo miraba fijamente con un ojo y con el otro rastreaba a Adolfo—. ¡El imperialismo es una mierda!

Ordoqui se retiró de mal humor, balanceándose como un gorila.

—Llegarán en cuarenta y ocho horas —murmuró Ezequiel como si hablara consigo mismo.

—¿Dónde crees que van a aterrizar? —preguntó Adolfo.

—¿Cómo diablos lo voy a saber? —le respondió Ezequiel—. ¡Todavía no he podido hablar con Kennedy!

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Fidel Castro con una boina (Radio Camagüey).

Cuando se separaron, Adolfo volvió a las oficinas de Juventud Rebelde. Joel Iglesias, cuya juventud siempre impresionó a Adolfo, se sentó en su escritorio y hurgó dentro de una caja de tabacos. Un enorme retrato de Fidel con boina colgaba en la pared detrás de él. Otros líderes juveniles tomaron sus lugares en la mesa de reunión mientras Joel, sentado en la cabecera, encendía un Cinco Vegas.

—Oye, Rivero —preguntó Joel con cuidado—, estudiaste allí, debes conocerlos. ¿Crees que vendrán?

—No estoy seguro con Kennedy. No parece un hombre que ordenaría una invasión —dijo Adolfo.

—¡Kennedy no decide! —interrumpió Domenech—. ¡Kennedy hace lo que el complejo militar-industrial le dice que haga! ¿No es así? —dijo, volviendo sus agudos ojos azules hacia Adolfo, en cuya cara se dibujó una sonrisa de buen chico.

—¡No! —exclamó César—. ¡El complejo militar-industrial no es una persona y sus opiniones no se pueden formar tan fácilmente!

César creía de verdad que los norteamericanos pensaban en bloque, pero no perdería la oportunidad para ajustar cuentas con el ascendente comunista.

Domenech mordió el anzuelo.

—Ustedes son universitarios —dijo sarcásticamente—, la cultura marxista…

—Los universitarios nunca han sido una facción —dijo Adolfo en defensa de César, aunque molesto por la costumbre que tenía su amigo de pelear con Domenech.

Joel Iglesias se rascó la barbilla y reflexionó.

—Lo que sí sé es que han perdido a Cuba. Si la invaden, la pierden, y si no la invaden, también.

No era una mala reflexión para un simple campesino.

Esta selección es de Hermanos de vez en cuando de David Landau. El libro, incluido todo el material que contiene, tiene copyright 2021 de Pureplay Press.

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David Landau

David Landau, the Impunity Observer's contributing editor, is the author of Brothers from Time to Time, a history of the Cuban revolution.

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