El único hombre en Cuba

Vigesimoséptimo fragmento de “Hermanos de vez en cuando”

Comandos cubanos de la CIA a principios de los años 60 (Encinosa, Unvanquished, Pureplay Press).

Todos en uno

Lunes, 17 de abril de 1961. ¡Invasión! El enemigo había desembarcado fuerzas en la costa sur central de la isla, en Bahía de Cochinos, Playa Girón y Playa Larga.
Adolfo exigió un salvoconducto para ir al frente como corresponsal de combate de Mella. Por la tarde partió hacia Santa Clara con Bebo, su chofer, ambos armados con checas y listos para la acción.

Martes, 18 de abril. El pueblo de Santa Clara, a 160 kilómetros de la invasión, era un caos de uniformes y camiones. Los miembros de Juventud Rebelde participaban de la “recogida” o arrestos masivos. La orden general era simple: encarcelar a cualquier sospechoso de simpatizar con la contrarrevolución.

La gente aplicó la medida con entusiasmo. Los sospechosos fueron sacados casa por casa, calle por calle, barrio por barrio. Se encarcelaron decenas de miles de personas sin ningún tipo de procedimiento. Como no cabían en las prisiones de la ciudad, se les recluyó en campos de concentración improvisados.

El hombre que dirigía la recogida en la provincia de Las Villas era Arnaldo Milián, un veterano líder comunista del PSP que se especializaba en la agricultura. Le explicó a Adolfo que el próximo ataque enemigo podría ser un asalto simultáneo en varias zonas, por lo que era necesario tener reservas listas para la acción y estar atentos a los sabotajes o a los intentos de bloquear los refuerzos.

La presentación de Arnaldo fue tranquila, precisa, detallada y profesional. Adolfo se sintió calmado al ver que el viejo Partido salía a la luz en un momento de crisis. “La sangre fría y la disciplina de los comunistas es vital para la supervivencia de la revolución”, escribió.

San Blas. En un terreno pantanoso cercano a la acción, un pequeño contingente de milicianos formaba filas cuando llegaron Adolfo y Bebo. Un joven delgado se les acercó con una sonrisa. Adolfo reconoció a “Pijirigua”, un campesino con el que había hecho amistad años antes en las reuniones de la Juventud Socialista.

A continuación, Adolfo dirigió su mirada al comandante Félix Duque, un hombre bajito con boina verde, blanco por el polvo del camino. Estaba hablando con los milicianos.
Cuando Adolfo se le acercó, Duque se volvió hacia él sin ceremonias y se jactó:

—¡Esta gente de la milicia es magnífica! Nunca he luchado con mejores tropas.

—Un gran número de enemigos se acercan por los pantanos —dijo Adolfo.

—Los estoy esperando —respondió Duque—. Cuando lleguen aquí, los vamos a convertir en polvo.

Varios soldados de la milicia acomodaban un mortero. Duque se les acercó y se hizo el primer disparo. Una detonación seca y aguda anunció que estaban en guerra.

Pijirigua se puso a la cabeza de la columna con Duque, mientras Adolfo se unía al cuerpo de la tropa. Avanzaron en dos columnas, una a cada lado del camino para poder ponerse a cubierto rápidamente. El enemigo estaba justo delante de ellos.

A pocos minutos de caminar hallaron un cuerpo con el uniforme de camuflaje de los invasores. El resto estaba tan cubierto de polvo blanco que apenas eran visibles sus rasgos. Los milicianos pasaron sin parar, marcando con sus botas una aburrida caminata a lo largo de un camino          interminable.

—¡Tenemos que retirarnos! —exclamó un miliciano—. Esta zona está controlada por los mercenarios.

Los soldados de Castro usaban la palabra “mercenario” con la fe ciega de que ningún cubano tomaría las armas contra la revolución a menos que los norteamericanos le pagaran.

Mientras Adolfo pensaba en lo sensato que sería una retirada, Pijirigua corría y gritaba emocionado:

—¡Estamos avanzando!

Miércoles 19 de abril.

—Tenemos a las tropas enemigas contra la playa y han roto filas. ¡Vamos!

—gritó Pijirigua.

hermanos luluAdolfo y Bebo acompañaron a Pijirigua para presenciar el final de la batalla. Cerca de San Blas encontraron a una compañía de milicianos dispersa por el campo, escarbando entre desperdicios. En los matorrales, los soldados enemigos habían dejado latas vacías y pastillas oscuras que parecían jabón.

—Son raciones K —dijo Pijirigua con orgullo—. Lo aprendí durante el entrenamiento.

Un poco más lejos encontraron una pistola Browning que Pijirigua reclamó para sí. Las tropas del Ejército Rebelde ripiaban en tiras un paracaídas de seda para recuerdos. Adolfo pensó tomar una, pero se abstuvo porque no era un combatiente.

Cerca de Playa Girón dos hombres con uniformes de camuflaje salieron del campo con las manos en alto. Adolfo los miró fijamente con un odio terrible. Eran enemigos. Había venido a derramar la sangre de sus camaradas y recuperar a Cuba como colonia yanqui.

Aunque los soldados se habían rendido, Adolfo pensó en dispararles. Uno de los prisioneros, un tipo robusto con corte de pelo al alemán, dijo:

—Nos dejaron en la estacada. Esto ha sido un infierno.

El comentario del prisionero sobre los estadounidenses se le escapó de su lengua en vernáculo cubano. Adolfo estaba listo para volarle la cabeza. Un mercenario de la CIA no tenía derecho a sonar como un cubano.
Tanto él como el otro, un hombre alto y delgado, estaban deshidratados, con los labios severamente agrietados. Pijirigua les tiró su botella de agua. Bebieron desesperadamente.

—Gracias —dijo el más alto—. El sol está que quema. Soy de La Víbora. ¿De dónde eres?

La Víbora era un barrio de clase media-baja de La Habana. Adolfo no quiso decirle que era de Miramar, un barrio mucho más elegante que el de su cautivo.

—Suban al jeep —respondió Adolfo con desdén, señalando con su checa—. Ustedes son mis prisioneros, no mis invitados.

Sábado 22 de abril.  Un grupo de líderes jóvenes, entre los que se encontraba Adolfo, fue a reunirse con el presidente Osvaldo Dorticós y otros dirigentes en el Palacio Presidencial. Fidel estaba allí pensando en voz alta, estentórea, como de costumbre. Alababa locuazmente a la fuerza aérea por haber hundido en el mar la flota enemiga de suministros. Sin ton ni son sacó a relucir al mayor Félix Duque, a quien Adolfo había mencionado en su relato de Mella.

—Siempre está pensando en cómo hacerse notar, en cómo llamar la atención —dijo Fidel—. Duque es uno de esos hombres que no aceptan el humilde lugar de la historia al que su propia mediocridad les condena. La afirmación le pareció a Adolfo excesivamente áspera. En la playa, Duque había sido un defensor heroico de la revolución. Si Fidel estaba resentido con ese hombre al que conocía como un fiel subordinado, ¿cómo se sentiría con los simples soldados, obreros y campesinos bajo su mando?

Pero no, Fidel tenía razón. Fue duro pero certero. Duque era un soldado, un buen soldado, tal vez incluso un soldado excepcional, pero al final era prescindible como cualquier soldado. Fidel era Fidel, indispensable. Adolfo y sus camaradas eran muchos hombres entre muchos. Fidel era único, todos en uno.

Esta selección es de Hermanos de vez en cuando de David Landau. El libro, incluido todo el material que contiene, tiene copyright 2021 de Pureplay Press.

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David Landau

David Landau, the Impunity Observer's contributing editor, is the author of Brothers from Time to Time, a history of the Cuban revolution.

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