Una noche soportable

Vigesimoctavo fragmento de “Hermanos de vez en cuando”

Lenin en 1917 enardeciendo a las masas revolucionarias, con un Stalin y un Trotsky más jóvenes detrás de él. (Pholder)

Adiós a la vida clandestina

[De los recuerdos de Emi]

Domingo, 23 de abril de 1961. Decidí pasar la tarde en el departamento de Adela, una viuda de treinta y tantos años que vivía en El Vedado con su madre, una señora canosa. Cuando llegué, estaban almorzando y me invitaron.

Como la mayoría de los cubanos, ellas habían seguido por radio y televisión los dramáticos acontecimientos de aquellos días. No sabían hasta qué punto yo estaba involucrado en actividades clandestinas, pero sí se percataron de que tenía muchas cosas en la cabeza. Por lo tanto, después de una larga y agradable conversación me ofrecieron que usara el cuarto de atrás para leer y dormir la siesta.

Acepté su amable oferta y me retiré al dormitorio. Preocupado de que mis anfitrionas se alarmaran al ver una pistola, la puse en un estante, detrás de una fila de libros.

Inmerso en la lectura, oí voces altas que venían de la sala. Parecía una discusión. Caminé por el pasillo hasta la sala.

—¿Qué pasa, Adela? —pregunté. Con voz consternada, Adela me dijo:

—Es la Policía.

En ese momento me di cuenta de que un hombre me apuntaba con una metralleta.

En realidad, no era la Policía, sino la Seguridad del Estado: tres agentes comandados por un teniente de unos veinte años. Con ellos estaba un quinto hombre, prisionero, que los había guiado hasta el apartamento. Un soplón. Al haber dejado mi pistola a un lado por consideración a mis anfitrionas, había ignorado otra regla cardinal. ¿Había arruinado mis posibilidades de escapar o había salvado mi propia vida al evitar involuntariamente un tiroteo?

Mis captores escucharon de mí una historia cuidadosamente preparada que tenía algo de verdad. Yo era un periodista independiente para el noticiero de Columbia Broadcasting System (CBS) y el New York Times. Esperaba vender mis informes sobre Cuba por una suma considerable.

—¿Y necesita esto para sus reportajes? —preguntó el teniente, señalando la pistola que encontraron en registro superficial de la casa.

—Todos hemos visto el clima de disturbios, confusión y violencia en el país —le respondí—. Simplemente tengo esa pistola como protección personal.

Por supuesto, el teniente no creyó mi historia, pero al menos me permitió decir algo que no discrepaba con él ni comprometía a las dos mujeres.

Nos mantuvieron en el departamento por varias horas. Parece que esperaban atrapar a alguien más o preferían no mostrar un arresto a la luz del día.

Una de las muchas cosas que pasaron por mi mente en esas horas fue lo que le dije a J. B. en una conversación: cuento con cuarenta y cinco días en La Habana, cincuenta como máximo, antes de que me arresten. Era el día cincuenta y uno de mi regreso a Cuba.

Mi principal preocupación era ayudar a las dos mujeres que habían sido tan amables conmigo. Resultó que la madre tenía sentimientos parecidos sobre mí.

Cuando uno de los agentes la amenazó, ella dijo:

—Soy una anciana. Ya he vivido bastante. No me preocupo por mí misma. Pero sí me importa la suerte de este hombre que está en la flor de la vida. Tal vez mi historia distrajo a los agentes, pues, aunque registraron la casa, olvidaron una medida policial elemental: no me registraron a mí. Tuve mucha suerte, porque en el bolsillo de mi camisa había tres tiras muy finas de papel con mensajes para que mi operador de radio los transmitiera a Estados Unidos. Cuando después del atardecer me llevaron al coche, a media cuadra de distancia, logré sacar los papeles, arrugarlos y tirarlos al césped al lado de la acera.

Ya en el cuartel general de la Seguridad del Estado me ordenaron que me sentara en uno de los bancos del pasillo. Ahí fui testigo del frecuente ir y venir de numerosos homosexuales que se identificaban por sus voces y su exagerado andar. Estaban vestidos con ropa informal, pero obviamente trabajaban para la Dirección General de Inteligencia (DGI, también conocida como G2). La mayoría de ellos parecían emocionados, visiblemente regocijados por su trabajo como informantes, seguramente porque les permitía contraatacar a una sociedad que los despreciaba.

Estuve dos horas sentado en ese banco sin que nadie me cuestionara ni se acercara. Alrededor de las once y media de la noche alguien vino a buscarme y me llevó a una minúscula oficina, donde un escritorio y cuatro sillas ocupaban casi todo el espacio.

Me esperaba el jefe de la contrainteligencia de Castro a quien todos, por una razón obvia, llamaban Barba Roja. Junto a él, estaba el oficial que me detuvo, identificado como el teniente Cuenca, más un capitán joven cuyo nombre no se mencionó.

Me sentaron en una silla frente a Barba Roja. Todas las luces estaban apagadas excepto una lámpara en el escritorio dirigida hacia mi cara, a solo diez o doce centímetros de distancia. Me pareció un drama hollywoodense un poco ridículo.

Barba Roja comenzó con preguntas generales sobre mis actividades. Repetí que estaba en Cuba como periodista independiente.

—Eso parece una fachada para la CIA —dijo.

​Para fundamentar mis sentimientos revolucionarios, empecé lo que se convirtió en un monólogo sobre las revoluciones en general y la Revolución cubana en particular. Afirmé que la lucha contra Batista había sido política y que Castro, al superponer una agenda diferente a la revolución, estaba creando un cisma que podría haberse evitado.

Las masas, afirmé, se habían alimentado de una leyenda sobre la revolución que no se correspondía con los hechos. Los revolucionarios contra Batista, y me identifiqué como uno de los primeros, apoyaron en su mayoría las leyes puestas en marcha por el gobierno de Castro. Pero no estábamos preparados para aceptar un régimen comunista.

—Los comunistas no se unieron a la lucha contra Batista hasta que la victoria estaba a la vista —les dije a mis interrogadores —. La prensa americana —añadí—, encontró el tema muy jugoso, tenía la intención de dar un golpe periodístico y hacer mucho dinero con mis informes. Mientras hablaba me las arreglé para alejar la lámpara de mí y dirigirla hacia la pared sin levantar objeciones de mis captores.

hermanos luluAl mencionar el comunismo, hablé de Rusia: su historia desde la época de la revuelta de Yemelyan Ivanovich Pugachev en el siglo XVIII, los levantamientos campesinos del siglo XIX, la guerra ruso-japonesa de 1905, el papel de Trotsky en la revolución de 1905, el incidente del Potemkin donde las protestas por la comida dieron un giro inesperado; luego los eventos masivos desatados por la Primera Guerra Mundial, el derrocamiento del zar en febrero de 1917, el gobierno de Kerensky; el viaje de Lenin en un tren blindado a través de Alemania, su llegada a San Petersburgo, su paso a la clandestinidad; “Hoy es demasiado pronto, pasado mañana será demasiado tarde”, los “diez días que sacudieron el mundo”; Lenin en el poder, la reforma agraria, Lenin el realista aconsejando la aceptación de la paz; el tratado de Brest-Litovsk, la guerra civil, Trotsky y el Ejército Rojo, el atentado a Lenin, su convalecencia, recuperación, derrame cerebral y muerte, el testamento, el ansia de poder de Stalin, las purgas.

A lo largo de mi monólogo me sentí de cierta manera mortificado por una deficiencia en mi análisis crítico del comunismo. Aunque había leído muchos escritos de Lenin, había leído poco de Hegel, Marx, Engels y otros cuyas obras eran esenciales para una buena comprensión del tema. Esa deficiencia parecía no molestar a mis captores, que escuchaban atentamente todo el tiempo. Por lo menos había evitado un verdadero interrogatorio y había convertido lo que podría haber sido una tarde muy desagradable en una noche pasable.

Barba Roja concluyó la entrevista diciendo:

—Doctor, necesitamos gente como usted para dar conferencias a nuestros hombres.

Dadas las circunstancias, lo tomé como un cumplido. Me enviaron a una habitación convertida en celda. En ella cabían veinte hombres. Allí dormí en el suelo durante mi primera noche como prisionero.

Esta selección es de Hermanos de vez en cuando de David Landau. El libro, incluido todo el material que contiene, tiene copyright 2021 de Pureplay Press.

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David Landau

David Landau, the Impunity Observer's contributing editor, is the author of Brothers from Time to Time, a history of the Cuban revolution.

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