El salto

Vigesimotercer fragmento de “Hermanos de vez en cuando”

Cuba por satélite.

Dejarse caer en Cuba

Washington D. C., principios de 1961.

Con su regreso a Cuba decidido, Brand aún tenía que llegar a un acuerdo con J. B. sobre el lanzamiento de armas. Lograron un compromiso: Brand se lanzaría en paracaídas junto con las armas en el Escambray. Poco después se lanzarían armas en Pinar del Río.

A Brand le pareció el mejor trato que pudo conseguir y le satisfizo.

El siguiente paso fue viajar a Guatemala donde las tropas cubanas se preparaban para la invasión bajo la dirección de la CIA. Desde la base de Retalhuleu un avión llevaría a Brand con dos combatientes y el alijo de armas a un punto de lanzamiento en el Escambray.

Brand escogió a sus dos hombres y se ocupó de los detalles finales.

—Serás el último hombre en salir del avión —le dijo su oficial de caso norteamericano.

—¡No! —respondió Brand—. Esos hombres deben ver que soy yo quien los lleva a la acción, así que yo saltaré primero.

—Muy bien —dijo el oficial de caso—, pero en cualquier caso saldrán del avión.

Brand se tragó su disgusto por el comentario.

—Si usted es atrapado y obligado a hablar, debemos acordar un código

—el oficial le dijo poco antes del despegue.

—¡Oye! Si me capturan yo no voy a hablar —

corrigió Brand. El oficial de caso tuvo que tragárselo.

[De los recuerdos de Emi]

Dos de la madrugada, 3 de marzo de 1961.

Salté hacia la noche e inmediatamente sentí el tirón del paracaídas abriéndose. Busqué el avión y lo vi claramente mientras atravesaba los cielos. “No saltaron”, pensé. En ese momento dos hombres se desprendieron del avión y justo después de ellos, el contenedor de armas y municiones.  Miré hacia abajo y encontré la tierra que venía hacia mí.

La hierba de Paraná en la que aterricé amortiguó el impacto como un colchón. Cuando la brisa atrapó mi toldo y empezó a arrastrarme por el campo, tiré del elevador derecho con ambas manos y colapsé la cúpula del paracaídas. En un minuto me había quitado el casco, había doblado el paracaídas en un fardo y estaba listo para reunirme con mis camaradas. Nos estrechamos las manos efusivamente. Nadie había resultado herido, aunque Mendoza, el más alto de nosotros, había tirado de sus bandas con tanta fuerza que se clavó un codo en las costillas y se quedó sin aliento. Jorge, el más joven, había hecho un salto perfecto. Ambos estaban emocionados y de buen humor.

Les dije que no se movieran del lugar mientras buscaba al comité de recepción. Con mi calibre 45 en la mano caminé a través de la hierba en la dirección que supuse me llevaría al fuego. Estaba previsto que ardiera solo un par de minutos para confirmar la presencia del comité de recepción y coordinar la caída. Apenas vi una mancha blanca que al acercarme resultaron ser dos hombres y tres caballos.

—¿Ernesto? —llamé, porque ese era el alias de nuestro contacto.

—No —respondió alguien—, pero venimos de parte de Ernesto.

Me entregó un fósforo y un palillo de dientes, la seña que debía dar cualquiera que viniera de parte de Ernesto.

Coloqué mi pistola en su funda y me golpeé las manos, una señal para que Jorge y Mendoza se unieran a mí.

Cuando llegaron, le pregunté a uno de nuestros contactos si sabía dónde estaba el contenedor de armas.

—Lo vimos caer y creemos saber dónde está —dijo.

Afortunadamente tenía razón. Al volver sobre nuestros pasos encontramos el contenedor y lo cargamos en uno de los caballos. Después de esconder los paracaídas, ordené a nuestros contactos que escondieran el contenedor en un lugar seguro.

—Ven por aquí —dijo uno de ellos.

En solo quince minutos llegamos a un campo de caña de azúcar. Caminamos a través de las cañas un corto tramo hasta un claro del tamaño de un vestidor, apenas lo suficientemente grande como para que tres hombres se pudieran acostar. Nuestros contactos nos dijeron que nos quedáramos allí, que por la mañana nos traerían comida. Nos acostamos a dormir con las pistolas a mano. Aunque estas no se comparan con rifles o ametralladoras, a veces los disparos de pistola causan confusión y facilitan una oportunidad de escapar.

Jorge y Mendoza me despertaron varias veces durante la noche, alarmados por leves sonidos en las cañas. Yo también los escuchaba y supuse que eran ratas u otros animales en busca de comida. Me alegró que mis compañeros me despertaran, porque eso demostraba que estaban alertas.

Cumpliendo su promesa, nuestros contactos nos trajeron comida por la mañana, un desayuno que comimos vorazmente.

Por la tarde, el calor en el campo abierto era intenso y buscamos alivio en un arroyo cercano donde nos bañamos y nadamos. El resto del día y   de la noche pasamos esperando por Ernesto, mientras discutíamos lo que haríamos en La Habana. Al día siguiente nuestros contactos trajeron más comida y la noticia de que Ernesto, un líder de la resistencia, llegaría por la tarde.

Al anochecer regresaron con Ernesto. Habían preparado todo para nuestro traslado. Caminamos durante quince minutos hacia un jeep que nos llevó en una hora de camino a una casa de campo donde nos bañamos y disfrutamos de una abundante cena campesina. Durante la comida, Ernesto nos informó que el contenedor de armas estaba escondido en un lugar seguro y los paracaídas enterrados.

Esta selección es de Hermanos de vez en cuando de David Landau. El libro, incluido todo el material que contiene, tiene copyright 2021 de Pureplay Press.

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David Landau

David Landau, the Impunity Observer's contributing editor, is the author of Brothers from Time to Time, a history of the Cuban revolution.

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